Allí, en medio del aire limpio de la montaña, parada a un costado de la vía polvorienta, Valentina mira con orgullo hacia la lámina maciza de concreto y piedra que tapiza lo que antes era una peligrosa curva que frenaba la movilidad y el desarrollo de su comunidad.
Un poco más adelante, Mónica también mira la construcción y, con cara de aprobación, exclama: “Este es el único gobierno que se ha preocupado por nosotros”.
La escena ocurre en el corregimiento Quebradagrande, en el corazón de la Cordillera Central, al nororiente de Tuluá. En ese punto específico, con el apoyo del SENA y la Alcaldía, la comunidad construyó 88 metros de placa huella, en una acción que mejora la movilidad, genera integración e impulsa el desarrollo del territorio.
“La experiencia es muy bonita. Yo nunca antes había hecho esta labor, pero me siento orgullosa de todo lo que logramos. Aquí las mujeres ‘voleamos’ pala parejo con los hombres. También azadón. Y pusimos varilla y llevamos mezcla por igual”, afirma Valentina Martínez.
Mientras tanto, Mónica Ceballos, la otra joven lugareña, explica que “realizamos la placa huella por días y horarios: de 7 de la mañana a 3 o 4 de la tarde. Trabajamos con juicio y unidad (…) Como mujer, siento que esto es algo espectacular, porque demostramos que no somos solo pa’ la cocina o los quehaceres, sino que podemos aprender a construir carreteras, algo chévere”.
Aplicando la metodología del Modelo de Atención Integral (MAI) del SENA Regional Valle, un equipo del Centro Latinoamericano de Especies Menores (CLEM) concertó con la comunidad campesina de Quebradagrande acciones de formación y apoyos para construir soluciones y superar problemas que desde hace mucho tiempo aquejan a este territorio.
“En esta zona de reserva campesina, por gestión de la comunidad ejecutamos un proyecto de placa huella, iniciando con la formación de 90 aprendices, quienes, poniendo en práctica lo aprendido, construyeron los 88 metros lineales de placa huella en una zona crítica de la vía. El proyecto contó con apoyo de la Alcaldía de Tuluá y recursos de la propia comunidad”, revela el subdirector del CLEM, Jorge Iván Noguera Jiménez.
“El eje de estos proyectos son las mingas, que generan unidad, desarrollo del territorio, mejor calidad de vida y conocimientos para replicar y empoderarse”, agrega.
Once corregimientos y alrededor de 45 veredas conforman esta zona de reserva campesina, en la cual intervino el CLEM con el programa CampeSENA y la estrategia Formación Especializada en Economía Campesina (FEC). Para adelantar los procesos se recurre a instructores campesinos del SENA, elegidos entre pobladores con reconocimiento social para que adelanten la formación.
Según César Augusto Padilla, presidente de la Junta de Acción Comunal de Quebradagrande, con esta acción “además de 120 familias de este corregimiento, se benefician otras de territorios vecinos como Altaflor, Unión, Cascajeros y Toche, que usan el mismo corredor vial”.
“El transporte escolar, el transporte de nuestros productos y la movilidad de todas las personas mejoraron mucho con esta obra, ya que antes muchos conductores se negaban a venir por acá debido a lo peligroso de la curva. De todo este ejercicio rescato también que nos unió como comunidad y que nos dejó un conocimiento que vamos a aplicar para hacer nuevas obras”, remata.
La comunidad de Quebradagrande se dedica especialmente al cultivo de café y plátano y a la cría de porcinos. En la misma Cordillera Central de Tuluá, el CLEM está apoyando la construcción de más placas huella en condiciones similares. Otra comunidad impactada se asienta en la vereda Cocorná del corregimiento Piedritas, donde se benefician directamente 50 familias.