Desde la vereda El Guayabal, en Timbío (Cauca), Diego Fernando Hoyos Melenje recuerda su infancia marcada por largas caminatas de hasta dos horas para llegar al colegio, por los juegos con sus amigos y por el deseo constante de salir adelante.
El desplazamiento forzado lo obligó, junto a su madre y sus tres hermanos, a empezar de nuevo en Popayán. Llegaron con lo mínimo: su ropa y una olla; alquilaron una vivienda de una sola habitación y vivían con lo justo gracias al esfuerzo incansable de su madre.
A la edad de 14 años, comenzó a trabajar como mesero para apoyar su hogar. Entre jornadas extensas y limitaciones económicas conoció el SENA y la posibilidad de formarse gratuitamente. Se presentó en varias ocasiones sin ser admitido, pero no desistió. “Con el tiempo entendí que era el momento de Dios", expresó.
Ingresó al Técnico en Asistencia Administrativa, trabajando de día y estudiando en la noche. Realizó su etapa productiva en una entidad bancaria, donde fue vinculado laboralmente durante tres años, hasta la llegada de la pandemia. “La experiencia en mi formación fue maravillosa; conocer nuevas personas, formarme y proyectar mi futuro con el estudio, me hicieron muy feliz", comentó.
Nuevamente sin empleo, decidió continuar su formación con un tecnólogo virtual en el SENA, donde realizó su etapa práctica y, gracias a su buen desempeño, hoy completa cuatro años vinculado como contratista en la entidad que transformó su vida.
Gracias a la Política Nacional de Gratuidad, homologó su proceso formativo y actualmente cursa sexto semestre de Administración de Empresas, consolidando el sueño de tener mejores oportunidades para su futuro y el de su familia. “El SENA es para todos. Nos abre oportunidades y nos forma como personas íntegras y profesionales. Aprovechen cada oportunidad para perseguir sus sueños", concluye.
La historia de Diego Fernando Hoyos refleja cómo la formación gratuita y de calidad transforma realidades familiares, abre puertas laborales y aporta al bienestar de los caucanos.