En un rincón del departamento de Arauca, en el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR) de Filipinas, la tierra fértil no solo da vida al cacao: también nutre los sueños de 43 hombres y mujeres que decidieron apostarle a un nuevo camino. Allí, entre surcos, cuadernos y jornadas de formación, el futuro se escribe con esperanza.
Los firmantes del Acuerdo de Paz participan en dos procesos formativos del SENA: ‘Fortalecimiento en la cosecha y beneficio del cacao’ y ‘Emprendimiento en producción de cacao’. Se trata de una capacitación que combina técnica y visión empresarial, con el fin de que los aprendizajes se traduzcan en proyectos productivos sostenibles que transformen vidas y dinamicen la economía local.
José Luis Vega Duarte, uno de los beneficiarios asegura que este proceso significa mucho más que una instrucción académica: “Esta formación que estamos haciendo es una bendición de Dios y de todas las instituciones que nos están apoyando”, afirma mientras toma apuntes durante una práctica de campo.
El impacto también es visible para quienes enseñan. Roberto Gómez Arenas, instructor del SENA reconoce la trascendencia de este proceso: “Es muy satisfactorio brindar capacitación a personas que decidieron transformar su vida hacia un oficio humano y valioso como la agricultura, esencial en el desarrollo del departamento de Arauca”.
Este esfuerzo no ocurre en solitario; la apuesta se fortalece gracias al trabajo articulado entre el SENA, la Agencia para la Reincorporación y la Normalización (ARN) y la Misión de Verificación de las Naciones Unidas (ONU). Estas instituciones suman esfuerzos para acompañar la reincorporación, generar confianza y abrir nuevas oportunidades en el territorio.
Los participantes reconocen que el cacao va mucho más allá de un cultivo; para ellos es símbolo de vida y reconciliación. Delio García Vargas, otro de los aprendices lo resume con claridad: “Nuestros sueños son transformar el cacao, que llegue a muchas partes del mundo y que esa transformación sea en beneficio de toda la población”.
Lo que ocurre en Filipinas es un ejemplo de cómo la educación técnica, el trabajo interinstitucional y la voluntad comunitaria pueden tejer futuro. Allí, cada mata de cacao sembrada no solo representa una posibilidad económica, sino también un testimonio vivo de que la paz se construye día a día, con manos que antes empuñaban armas y hoy cultivan esperanza.