El primer contacto de Sebastián Bohórquez Quintero con la técnica no fue frente a una máquina, sino sobre un cuaderno lleno de cuentas. En su colegio, la Articulación Media Técnica lo encaminó hacia la contabilidad y el registro de información. Allí empezó a organizar números, pero lo que en realidad estaba elaborando era el mapa de su futuro. En 2012 escuchó hablar de una ficha cerrada en el Centro Metalmecánico; preguntó, insistió y se vinculó. No sabía entonces que esa decisión lo llevaría a cruzar fronteras.
El aprendizaje fue intenso. Las matemáticas dejaron de ser fórmulas abstractas y se convirtieron en la llave para resolver problemas reales. Las máquinas se detenían y había que entender por qué; las prácticas eran retos y los proyectos integradores, simulacros de la vida profesional. “Fue muy práctico. Nos guiaban para resolver problemas industriales y experimentar. Eso me dio habilidades que hoy aplico en mi trabajo”, recuerda Sebastián. Allí descubrió que el conocimiento también se construye con ensayo y error.
Cuando llegó a Festo, la multinacional alemana que se mueve entre engranajes y sistemas automatizados encontró que lo aprendido tenía eco en cada proceso. Primero como practicante; luego, como joven profesional vio cómo se abrían puertas, convenios con universidades, oportunidades de formación y, después de la pandemia, una beca que lo llevó a Alemania para hacer una maestría. Esa experiencia fue un salto: nuevas tecnologías, otros idiomas y un modo distinto de entender la industria.
Hoy, con 29 años, su rutina va más allá de la automatización. Sebastián se mueve entre proyectos técnicos y espacios educativos. Se reconoce en quienes apenas empiezan porque sabe lo que significa tener dudas frente al futuro. “A través de lo que hago, puedo ayudar a transformar vidas; eso es lo más importante”, dice. En su voz se escucha la convicción de alguien que ha probado que la formación cambia destinos.
A los jóvenes les habla sin rodeos: aprovechar cada programa, insistir en el aprendizaje de inglés y no rendirse cuando aparezcan las dudas. “Habrá días en los que uno se pregunte si está en el camino correcto. A mí me pasó, pero descubrí que la automatización era lo mío y me permitió crecer. No se rindan”, aconseja. Sus palabras parecen dirigidas a esa versión adolescente que hace más de una década tomó la decisión de tocar la puerta del Centro Metalmecánico, de la Regional Distrito Capital.
Detrás de su historia está también la de una institución y una empresa que han sabido tejer caminos de formación y futuro. El SENA y Festo, en alianza, muestran que la educación técnica no solo prepara para un empleo, sino que descubre potencialidades ocultas y enseña a ser mejores profesionales. Y en ese cruce entre la técnica y lo humano, la vida de Sebastián se vuelve metáfora: un engranaje que encaja con otros, impulsando un movimiento mayor; porque, al final, lo que se aprende no es solo a manejar máquinas, sino a encontrar la propia forma de transformar el mundo.