En lo profundo de las montañas de Mallama, en Nariño, donde la bruma abraza la tierra y la memoria florece en cada semilla, doña Elvia Rita Escobar ha tejido, con paciencia y resiliencia, un legado que hoy inspira al mundo: su Bosque Comestible.
“Significa tener las cuatro soberanías: la de los animales, la de los humanos, la del suelo y la espiritual. Es donde uno encuentra la vida misma y aprende a enamorarse de la naturaleza”, afirma doña Rita, mientras recorre su parcela convertida en refugio de biodiversidad, salud y esperanza.
Esta campesina, desplazada por la violencia, encontró en la agroecología y en la metodología de Campesino a Campesino del SENA un camino para sanar la tierra, cuidar el suelo y transmitir la sabiduría ancestral que corre por las venas de las comunidades rurales.
“La metodología de Campesino a Campesino es, ante todo, reconocer el valor del conocimiento que ya existe en nuestras comunidades rurales. No es algo nuevo ni inventado, es la herencia de nuestros antepasados, un saber que ha resistido el tiempo y que hoy se recupera gracias a la agroecología”, sostuvo doña Rita con el ímpetu de quien comprende que tiene en sus manos la riqueza de la memoria.
Durante 18 años, junto a familias campesinas y aliados como el SENA, Rita transformó un terreno erosionado en un laboratorio vivo de resiliencia. Hoy, allí brotan más de 200 especies entre hortalizas, plantas medicinales, frutales y cultivos nativos, que no solo alimentan cuerpos, sino también corazones.
Luis Hermes Rodríguez Riascos, campesino aliado del proceso, recordando que cada siembra es también un acto de reconciliación afirma: “El amor es reunir a un grupo de personas y brindarles cariño y enseñanza, porque creemos que eso es lo más valioso. Nosotros somos fundamentales en el camino hacia la paz”. Destacó además que, la misma madre naturaleza enseña a reconciliarse y ser resilientes.
El SENA se enorgullece de acompañar y visibilizar estas historias que muestran cómo la sabiduría campesina, cuando se comparte y se valora, puede convertirse en un símbolo de esperanza para el mundo. En Osaka, entre luces y vitrinas globales, habrá un rincón que huele a tierra húmeda, sabe a cebolla recién cosechada y suena al murmullo de un río nariñense. Será el rincón de Rita, el rincón de Colombia.